El periodismo tiene un compromiso con la democracia. Si en un país no hay libertad de expresión, la democracia se debilita enormemente. Una no puede existir sin la otra. Como un par de zapatillas, funciona si están juntas. Por ende, el periodista debe generar información verídica, precisa y completa y procurar indudablemente no caer en la autocensura.

El código internacional de ética periodística de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) señala que el periodista es partícipe de acciones y cambios sociales dirigidos “hacia una mejora democrática de la sociedad y contribuye, por el diálogo, a establecer un clima de confianza en las relaciones internacionales, de manera que favorezca en todo la paz y la justicia, la distensión, el desarme y el desarrollo nacional”. También menciona la integridad del periodista, la cual depende de sus convicciones, decisiones y principios como ser humano. Su principal objetivo es transmitir información de interés público y no de un grupo determinado.

Cuando el Gobierno decide invadir los territorios democráticos de los medios de comunicación, está en juego la libertad de expresión. Hacerse con el control de la televisión y de la radio silencia voces, por ejemplo, con cadenas nacionales hechas cuando al invasor le provoque. No importa la programación ni los periodistas que trabajan en los medios. Sean oficialistas u opositores, ambos son callados abruptamente por la autoridad. Y si estás en contra de cualquier exigencia o capricho del Estado, este busca la manera de vulnerarte.

Dos cosas pueden suceder: el dominio del Estado te quita todo lo que construiste durante años, o haces un acuerdo y compartes las tierras y sus riquezas con él. El primer caso corresponde a Radio Caracas Televisión (RCTV), el segundo a Globovisión. El primero se apagó oficialmente el 27 de mayo de 2007 por orden del fallecido presidente Hugo Chávez Frías, el segundo cambió la directiva en 2013.

Se presentó La pantalla censurada en la UCAB

Martes 29 de noviembre, nueve de la mañana. El profesor y director de Medianálisis, Andrés Cañizalez, y la periodista venezolana Tamara Slusnys estaban sentados detrás de una mesa de madera. Hubo otra en la izquierda de audiencia con un televisor dispuesto para transmitir un mensaje del coescritor León Hernández Patiño en el que agradeció y dio un pequeño resumen del texto publicado. Dos afiches referentes a la primera feria del libro del oeste de Caracas y a la Universidad Católica Andrés Bello estaban detrás de los ponentes. El libro La pantalla censurada descansaba en un soporte. Dos potecitos de agua para cada expositor. El público estaba frente a un texto que tardó cuatro años de investigación para su publicación y que tiene como intención “documentar el poder del Estado sobre los medios y dejar testimonio desde un punto de vista académico”.

Comenzó Slusnys. “Desde ese momento (cierre de RCTV), la libertad está confiscada”, afirmó. Extrabajadora del canal, se reflejaba en ella emoción y nostalgia. Habló de una realidad que choca con sus principios. Parece no concebir aún que apagaron la señal nacional de RCTV por el acoso del régimen chavista. Repitió varias veces que todos en el canal eran una familia. Slusnys recomendó a los comunicadores llevar la realidad a quien quiera escuchar. “Ese gran reto, el reto de informarnos y de ser replicadores”. Pero hay que tener cuidado porque “el miedo es libre”.

Después le tocó a Cañizalez, coescritor del libro, hablar sobre Globovisión. Contó que el Gobierno aprendió que “cerrar un medio es costoso desde el punto de vista político. Entonces, socava con varios mecanismos hasta que el medio se ve obligado a venderlo”.

En ese caso, cuando el Estado se hace con el control de un canal, la información transmitida ahí satisface un interés privado. Una zapatilla (libertad de expresión) es lanzada por la ventana y se queda sin su otro par (la democracia). El país y el periodismo no pueden usar una sin la otra. Cañizales afirmó: “Censurar pantalla es sembrar desinformación”. El primer principio del código de ética periodística de la Unesco es vulnerado al instante: “El derecho del pueblo a una información verídica”. El interés privado distorsiona la objetividad. El siete, referente al interés público, también es violado. Las protestas de 2014 no fueron transmitidas por Globovisión. La audiencia castigó al canal: bajó el rating.

Por otro lado, Cañizales aconsejó tener compromiso con uno mismo como se debe tener con la verdad. El comunicador debe conocer sus límites y resguardarse. Elegir qué información es precisa publicar en ese momento.

Casi acabándose la presentación, después de unas preguntas de la audiencia, los ponentes dieron la bienvenida al presidente de RCTV, Marcel Granier. Posteriormente, Marisabel Arriaga entró en la sala. Contó que en aquel entonces, Granier le pedía fuentes oficiales para contrastar y ella le respondía que esas fuentes estaban cerradas, se negaban. Entre anécdotas, el presidente de RCTV contó una de la llegada de Chávez al canal un día en el que comentó que no lo querían dentro.

Fotos, abrazos y sonrisas siguieron a los aplausos de la audiencia. Esa mañana del martes 29 de noviembre de 2016, la sala Cincuentenario de la UCAB se convirtió en el espacio de reencuentro de esa familia que fue acallada el 27 de mayo de 2007.

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La periodista venezolana Tamara Slusnys y el coescritor del libro, Andrés Cañizalez
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El coescritor del libro, León Hernández Patiño
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Marcel Granier, Andrés Cañizalez, Tamara Slusnys y Marisabel Arriaga
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