Saúl Mauricio Mendoza expresa la importancia de no prestarle atención a los demás porque siempre te criticarán en algo y confiesa que en esos momentos en los que duda un poco de sí mismo, recurre a la fábula del anciano, el niño y el burro

Son las 4:00 p. m. Está comprando su almuerzo en McDonald’s. Después de pagarlo y al tener su pedido, se dirige con la bandeja al piso superior. Se sienta en una mesa alejada de las demás personas y empieza a comer. Por cuestión de tiempo, parece intranquilo. Viene de una clase y en una hora tiene ensayo. Así es la vida del actor.

Refleja disposición, agradecimiento y curiosidad. Algunas dudas y comentarios surgen mientras come. Su mirada siempre está en la búsqueda de las palabras indicadas que puedan explicar lo que quiere decir. Sus manos intentan complementar lo que está diciendo. La sencillez y la amabilidad de su espíritu se perciben en sus ojos, en sus gestos y en lo que dice.

Saúl Mauricio Mendoza, quien actuó en la obra ganadora del festival de jóvenes directores Trasnocho, Los amantes inconstantes, hace un viaje por sus recuerdos. Con sus vivencias, sus confesiones y opiniones, Mendoza transmite la pasión y la dedicación que le tiene al arte.

—¿Desde cuándo supiste que querías ser actor?

—Fue por una prima, Lorena García. Ella es actriz y estuvo participando en una serie juvenil que pasaban en Venevisión que se llamaba La calle de los sueños. Me llevó un día al estudio de grabación, estuve con ella y me gustó muchísimo lo que vi, lo que ella hacía, cómo se preparaba, y me empezó a llamar la atención. Fue como un primer acercamiento. Cuando realmente decidí que esto es lo que amo hacer fue en la universidad cuando entré en Teatro UCAB. Empecé a tener contacto con gente que estaba en la misma onda que yo, que le gustaba el teatro. Eso fue como en el 2006. Yo tenía 19 años.

—¿Tienes algún recuerdo de niño relacionado con la actuación?

—Yo estudié en un colegio que era muy cultural. En todas las fechas importantes (carnavales, Halloween) hacíamos un acto. Montábamos obras en inglés y en español y yo siempre participaba. Cuando era chiquito, como a los 5 años, estaba en un colegio que también hacía como un cierre de fin de año en el teatro Don Bosco. Luego en el colegio, creo que en Semana Santa, hicimos un montaje del viacrucis pero algo súper moderno. Me tocó ser Adán y fue fino porque a la profesora de religión le gustaba mucho el teatro. A los trece o quince años dije que era lo que me gustaba.

—¿Cómo fue tu experiencia en Teatro UCAB?

—Me hizo conocerme más a mí mismo. Cuando uno inicia en Teatro UCAB, no te dan técnicas de actuación sino cosas muy básicas. Una de las cosas que aprendí fue mirar a las personas mientras hablo con ellas. Pero realmente trabajabas con tus capacidades y habilidades y aprendías a conocer más qué fortalezas y qué debilidades puedes tener. Me dio mucha más seguridad al hablar en público, al expresarme en un grupo, lo básico que uno empieza a aprender. Cuando empezamos a hacer más montajes, nos enseñaros ejercicios para la concentración. Pero en realidad en Teatro UCAB no aprendí a crear un personaje como tal, era como más desde ti mismo, cómo podías interpretar a ese personaje, por lo menos en la época en la que yo estaba.

—¿Cuál ha sido el personaje más divertido que has tenido?

—Uno de las personajes que más me ha gustado pero que también me costó muchísimo fue uno que hice el año pasado en una obra que se llama No hay barcos en Chacao, una adaptación de Danny And The Deep Blue del mismo escritor de La duda (John Patrick Shanley). Ese personaje me gustó muchísimo, y en todas las funciones de verdad lo viví. Era muy agresivo. En esa época, estuve un poco alterado y agresivo con la gente, contestaba mal y me di cuenta de que me estaba influenciando un poco del personaje. No es que estaba inconsciente de eso. Yo no creo en eso de que uno llega a un punto en el que dejas de ser tú, porque todos los personajes eres tú, es una parte de ti hablando. Toqué cosas personales para trabajar la relación con la madre, con el padre, con la vida y con la familia, orientado por la directora.

—¿Cuál ha sido el personaje más difícil que has tenido y por qué?

—El de Los amantes inconstantes. Era un personaje que rayaba en lo frívolo. Se aleja mucho de lo que yo puedo ser. Mira a la gente por encima, le hacen todo, está acostumbrado a que todo tiene que salir a su gusto. También fue por un tema de cuerpo. Tenía que rayar en lo femenino sin caer en el cliché de la homosexualidad balurda, tenía que ser algo muy sofisticado. Tuve que aprender a caminar en tacones. Ese tema de dejar soltar el cuerpo y sentirte un poco femenino quizás me llevó un poquito más de tiempo, dejar de pensar cómo me veo. Tienes que dejar de pensar cómo te va a ver la gente. Tienes que disfrutártelo y ya.

—¿Cómo fue el proceso de Los amantes inconstantes?

—Súper. La relación con el equipo fue increíble, una experiencia muy bonita. No hubo ese tema de ego que puede haber en un grupo de una obra de teatro. Me sentí muy privilegiado porque había gente que tenía ya muchísimo tiempo actuando y aprendí mucho de ellos en el proceso. El resultado obviamente es lo que va a ver el público, pero el proceso es lo que uno más se tiene que disfrutar porque es lo que te lleva más tiempo.

—¿Cómo te sientes antes de una función?

—Me pongo muy nervioso, siento que el corazón se me va a salir. Siento nervios en el estómago y en la garganta al punto en el que me dan arcadas, como ganas de vomitar seguido. Empiezo a respirar. Se me olvida cuando ya estoy en escena.

—¿Cómo te sientes cuando se acaba una función?

—Nervioso porque me enfrento a verlos a los ojos. Hay gente que es muy expresiva. Uno está pendiente como de disfrutar esa parte del espectáculo que son los aplausos, pero también está pendiente de la reacción de la gente. Pero aprendí que no puedes escuchar o preguntar a todo el mundo mientras estés en el proceso de la obra porque al final de cuentas esto es arte y habrá gente que le gusta o que no. Siempre habrá una opinión sea positiva o negativa. Uno tiene sus personas de confianza a quienes les preguntas cómo te fue. Pero en el momento de los aplausos, creo que estoy un poquito más relajado pero igual de nervioso. Uno como actor sabe cuándo una función fue buena. El público no lo siente muchas veces a menos de que haya sido muy mala. Pero el actor sabe porque ha tenido la experiencia de otras funciones y ensayos en los que salió muy bien todo. Es un momento como de relax, de disfrutar, de ver a las personas que están ahí. Me pongo más nervioso cuando sé que hay gente que me conoce a cuando son puras caras desconocidas para mí.

—Si tuvieras la oportunidad de interpretar el personaje que quieras, ¿cuál sería?

—El hijo de El loco y la camisa y el Sr. Odio (El día que cambió la vida del Sr. Odio). Me encantó este personaje. Es una obra infantil pero también para adultos. Estas dos no las leí, las vi. De las que he leído, me gustaría trabajar más el personaje de Torvaldo de Casa de muñecas, ya que se debate entre lo que quiere hacer y lo que la sociedad en esa época exige de un hombre.

—¿En qué país extranjero te gustaría actuar?

—En Londres, en Broadway y en alguna de estas ciudades que tienen teatros subterráneos que son como experimentales.

—Además del teatro, ¿qué otro arte te gusta?

—La pintura. No pinto pero me encantan las artes plásticas en general. Soy muy visual y me encanta darles interpretaciones. Me encanta El grito (Edvard Munch) ya que es como medio macabro y tenebroso pero interesante.

—¿Qué es lo que más amas?

—Mi familia. Es lo más importante para mí, aunque a veces al principio no entendían por qué pasaba tanto tiempo en ensayos o por qué no compartía tanto con ellos los fines de semana, hasta que empezaron a ver mis trabajos.

—¿Tienes algún escrito favorito?

—La fábula del anciano, el niño y el burro. Una vez me la contaron y nunca se me ha olvidado. Creo que es una de mis favoritas. Siempre que estoy en esos momentos de duda recurro a ella. Uno es un ser humano y en ciertos momentos te invade la duda con respecto a un trabajo que estás haciendo, te invade la inseguridad, la incertidumbre de qué pasará. ¿Será que lo iré a hacer bien o mal? Cuando estoy en esos momentos, recuerdo la fábula.

“Creo que describe lo que el actor debe pensar siempre. Hagas lo que hagas, siempre te van a criticar y no por eso tienes que dejar de hacer las cosas. A veces uno se preocupa por el qué dirán y no es que no te importen los demás, pero uno tiene que hacer las cosas porque a ti te vayan a llenar, por la satisfacción, sin llevarte a nadie por el medio, sin pisar a nadie. Hay muchas maneras de hacer las cosas. Y si uno está pensando en eso, al final no haces nada.

—¿Cómo te ves en diez años?

—Seguir haciendo lo que me gusta y lo que me llena de felicidad y obviamente vivir de eso. No tener que hacer tantas cosas para poder sobrevivir. Vivir de las artes, del teatro, no solo actuando sino produciendo, haciendo.

—En tres palabras, ¿cómo definirías el arte?

—Pasión, disciplina y fe.

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