El actor Adolfo Nittoli demuestra estar siempre detrás de una meta, aspecto de su signo en la astrología china: el tigre. Uno de sus últimos retos fue cantar, el cual se le presentó en La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht, dirigida por Miguel Issa

Él es moreno, calvo, con barba y mide 1.97. Tiene ropa cómoda: mono holgado gris, franela negra y zapatos deportivos. Cuando habla demuestra el trabajo que le ha dedicado a la voz durante años. Muchos lo conocen como Adolfo Nittoli–Argüello, pero yo lo conocí como el tigre.

Nació en 1986, año del tigre en la astrología china. Confiesa creer en el horóscopo. Reconoce aspectos del signo en él: trata de solucionar las cosas con practicidad. “En mi vida suelo ser como muy práctico”, dice. Nittoli también es un reconocido actor. Ha participado en El feo, de Marius von Mayenburg; La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht; en La verbena de la Paloma, de Ricardo de la Vega; y en Los ciegos, de Maurice Maeterlinck. También es conocido por prestar su voz para Cyborg de Los jóvenes titanes y en las series de anime Fullmetal Alchemist para Cicatriz y en GetBackers para Juubei Kakei.

Estamos sentados en un banco del centro comercial Centro Plaza, ubicado en la avenida Francisco de Miranda, Caracas. Su mirada está en otro lado mientras habla pero de vez en cuando encara la mía de una manera segura. Su corporalidad demuestra interés: sus piernas están cruzadas hacia dentro. También demuestra cercanía y confianza: su brazo está recostado sobre el espaldar del banco hacia mí y en un momento se acerca un poco más.

Le pregunto si tiene algún problema en que empiece a grabar. Adolfo responde que no, pero el tigre que sí. Este es muy reservado. “Cuando estoy empezando a salir con alguien, no le digo a qué me dedico”, admite. Siempre se siente cómodo guardándose algo. No le gusta exponerse. Adolfo sigue hablando de él mismo, pero el tigre se defiende con la censura: no confía en la grabadora. Admite que hay cosas que no puede decir.

—¿Cómo supiste que querías ser actor?

—Lo supe siempre. Siempre, siempre, siempre. Yo soy lo que siempre quise ser. Me dedico a lo que siempre me quise dedicar. Yo hago lo que siempre quise hacer. Siempre quise, no fue una fiebre. Siempre quise que fuera eso, y eso es hoy y espero que siga siendo mucho tiempo. Es como una emoción muy intensa.

—¿Qué es el teatro para ti? ¿Cómo te hace sentir?

—Ahorita hay una situación familiar muy heavy con mi abuela. Yo estaba tremendamente conmovido. Fui a almorzar con ella un sábado y se tocó todo un tema de salud. Llegué al teatro muy casado: “Yo no quiero ir al teatro, hoy quiero acostarme y tomarme una botella de lo que sea, ver una película”. Estaba conmocionado. Cuando llegué al teatro y abrí el camerino… Adiós. Se me pasó todo.

Nittoli explica que el actor tiene que morirse en el intento por lo menos de llegar al teatro y hacer la función, que es una cosa con la que uno tiene que estar absolutamente de acuerdo y totalmente claro. “Qué lamentable cualquier cosa que pueda pasar en tu vida pero el teatro es primero”, dice. El show debe continuar. La función siempre debe continuar.

—¿Cómo ha sido este último año para ti?

—Los últimos tres han sido riquísimos, una continuidad de proyectos. Eso cansa mucho.

En los últimos tres años ha sido nominado tres veces consecutivas al premio Marco Antonio Ettedgui y este año recibió la mención honorífica y fue nominado a la Asociación Venezolana de Crítica Teatral (Avencrit) como mejor actor de reparto por El feo, de Marius von Mayenburg. Reconoce tener la fortuna de haber contado con la oportunidad de construir una carrera tremendamente armónica y haber podido contactar con gente maravillosa y realmente valiosa.

—¿Qué has encontrado?

—He crecido actoralmente. He podido encontrar cosas que están mal, cosas que están bien, he logrado cosas que antes ni siquiera soñaba con hacer. Por ejemplo, cantar. Jamás. Nunca, nunca.

—¿Cuándo se te apareció ese reto?

—Con La ópera de los tres centavos (Bertolt Brecht).

—¿Qué te hace falta? ¿Qué estás buscando?

—No para parar sino que siento que me debo un tiempo de calma. Estoy en una etapa personalmente muy dura en el sentido de que tengo que revisar una cantidad de cosas para las que necesito calma. A veces el teatro, si te dejas, te puede robar y eso no es culpa de él, es su naturaleza. Culpa de uno que lo permite. Me gusta estar en actividad siempre. A veces necesito calmarme o que me calmen.

—¿Sientes que te está pasando?

—Sí. Siento que necesito…

Hay un silencio. Sus piernas están abiertas y sus brazos descansan en ellas. Su mirada está buscando una respuesta. Prácticamente no hace pausas mientras habla.

—Quizás terminar estos proyectos y darte un momento.

—Sí, y un momento para irme a Margarita una semana y no salir del hotel.

Además de su carrera artística, actualmente está haciendo un diplomado en Economía de la cultura, acaba de terminar un protocolo en Relaciones internacionales, está terminando la carrera en la Universidad Central de Venezuela, quiere comenzar otro diplomado y también estudiar Idiomas.

—¿Qué extrañas?

—Hay una sensación que se me repite, se me repite y se me repite: tengo la necesidad de ir a sitios de mi infancia. No he podido no solamente por el factor tiempo sino también porque estos sitios se han puesto bastante peligrosos, como todo el país. Además, perdí contacto con gente de esa zona. Me crié en Coche, estudié ahí desde tercer nivel hasta tercer año de bachillerato con el mismo grupo durante todos esos años. Necesito ir a mi liceo, necesito visitar las jaulas de las guacamayas que estaban dentro del liceo, necesito ir a las plazas donde jugué, ver mi edificio en las residencias Venezuela. Sé que están repletos de recuerdos de memoria viva, sé que me van a tocar en distintos aspectos de mi vida ya como adulto, sé que me van a conmover, descontrolar, sacar de centro, pero me van a organizar muchas cosas también.

—¿Por qué crees que te van a descontrolar?

—Porque uno no sabe cómo reacciona. Te encuentras con un recuerdo malo desde la distancia y de repente hay una cosa que te entristece. Pero eso no está mal. Por eso digo que a lo mejor termina reorganizándome. Además, eso sería un proceso de recordar vivamente que me enriquecería mucho como actor, pero sobre todo me reconciliaría con el Adolfo niño. Ese niño quedó vivo como en un momento y siento que tengo que ir a buscarlo. Aprendí demasiado rápido a vivir como adulto.

El mecanismo de defensa del tigre está activándose. No quiere seguir exponiéndose. Considera que todavía es un niño: se divierte y se aburre fácilmente. Y, como el tigre, no tiene ningún problema en demostrar desinterés. Cree que es una persona honesta. Aunque admite saber mentir. También dice que se molesta muy pocas veces. “Necesito hablar porque si no pensaré muy rápido y me crearé un mundo que para mí tenga lógica, sea coherente y verosímil y me lo voy a creer y después no me va a sacar nadie de ahí porque no estuviste para decirme que eso no era así”, explica.

—¿Qué te da miedo?

—La muerte. Aunque siempre la he comprendido por diferentes filosofías que se han manejado en mi seno familiar, descubrí recientemente que le tengo miedo.

En la clavícula tiene un tatuaje. Es una frase en latín con la letra de su mamá: Amor omnia vincit (El amor todo lo vence).

—¿Qué es el amor para ti?

—Una construcción. Una vaina muy rara porque es como proceso pero también resultado. Es también como causa y efecto. Yo no creo que el amor muera, el amor se transforma, hasta en odio. Esa energía no se extingue. Soy burda de enamoradizo. Me he enamorado de gente que he visto una sola vez y que no he visto más nunca.

La grabadora deja de registrar. Se levanta. Un cigarro para sobrellevar toda la información manejada dentro y fuera de la entrevista. El amor continuó siendo tema de conversación. Recomendaciones musicales y gustos en común. Parece que se despedirá cordialmente. Sin embargo, el tigre se prepara para atacar. Tiene delante a una presa. No puede perder la oportunidad. Abre su boca, muestra los dientes y exclama: “¿Qué pasa si te digo que actué la entrevista?”.

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