El reconocido actor cuenta que no buscó el canto y la actuación sino que llegaron hasta él; la manera en la que inició en la actuación y su experiencia en las tablas con dos de las mejores actrices de teatro que Venezuela ha tenido. Admite que ha vivido momentos de abrir y cerrar puertas en su vida

Domingo Balducci se encuentra en la rampa que lleva a la cafetería en el Centro Cultural Chacao. Saluda cordialmente. Una mesa junto a la baranda se convierte en el escenario del encuentro. Algunas preguntas y respuestas de cortesía. Se acerca un poco y descansa el brazo sobre la mesa. Está atento y en confianza.

Balducci es un reconocido cantante y actor venezolano. Ha participado en los musicales Jesucristo Superestrella, El violinista en el tejado, Cabaret y en obras como El acompañante, de Isaac Chocrón; ¡Mátame, mamá!, de Elio Palencia; y en Las mujeres sabias, de Molière.

Detrás del actor que recientemente interpretó a Mackie Navaja en La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht, está una persona que desde joven ha permitido adentrarse en lo desconocido y descubrir sus pasiones artísticas. El arduo trabajo en el canto y en la actuación desde que empezó se refleja en su seguridad. El multifacético artista ha pisado diferentes tablas con reconocidos personajes del teatro venezolano. Su vida artística ha sido una sucesión de abrir y cerrar puertas que lo han llevado a lo que es ahora: un profesional con una reconocida posición para dictar clases a teatreros y cantantes en formación. En la Escuela de Teatro Musical del Centro Cultural Chacao, Domingo imparte clases de técnica vocal.

Mientras habla, se sumerge cada vez más en recuerdos que muestran el espíritu sensible, decidido y seguro de Domingo Balducci.

— ¿Qué fue primero? ¿El canto o la actuación?

— El canto.

— ¿Recuerdas alguna canción que te gustaba cantar cuando eras pequeño?

— En este momento la tengo en mi cabeza. Sé que era una canción de un cantante argentino que estaba muy pegada en su momento en los 70. No recuerdo el nombre pero sé que la cantaba mucho, hasta hacía performance en la casa frente a mis padres con la canción.

— ¿Y te imaginabas que había un gran público?

— No, yo creo que era un disfrute más interno. Creo que ya en ese momento me imaginaba un poco lo que decía la letra.

— ¿Recuerdas en qué edad empezaste a entender que el canto es una parte de ti?

— Creo que ya fue grande. En la universidad inclusive, con los amigos que uno conoce en el primer año de la carrera, empiezas a salir y “oye mira, él tiene una guitarra, bueno yo me sé esto”. “Esto como que me gusta”. Paralelo a eso, andaba enamorado de una persona que cantaba en el coro de la universidad y me metí para estar a su lado.

— ¿Cómo era para ti estar ahí con esa persona?

— Toda esa transición entre ir al coro porque estaba esta persona, ya no estar con ella y quedarme en el coro fue como muy rápido. Abrió la puerta para mostrarme eso, pero lo otro como que se fue a segundo plano. Me abrió inmediatamente una serie de cosas que yo no había entendido en mí.

— Cuando estabas en el coro, entendiste que esto era más grande que estar pendiente de esta persona.

— Exacto. Además, significó también un tipo de libertad personal que no tenía hasta ese momento. El coro me permitió conocer cosas personales que no había detectado.

— Y después vino la actuación.

— La actuación vino mucho después. Estuve cantando en el coro durante años en la Universidad Simón Bolívar. Entendí que tenía un interés por mi voz, me gustaba sentir que cantaba bien. Había gente que estaba estudiando canto en ese momento y dije que iría a estudiarlo. Conseguí un profesor muy famoso que también era profesor en otros coros. Por ahí empecé. Eso fue otra puerta más porque al estudiar canto como solista, cerré la puerta de los coros. Abrí esto y cerré lo otro. A partir de ahí, estudié canto durante muchos años.

— Tu vida ha sido abrir y cerrar puertas.

— Y muy rápido. Al entrar en contacto con lo otro, las transiciones fueron muy rápidas. En los coros estuve años cantando.

— Entendiste que querías tener una voz propia.

— Estudiar como solista. Hubo otras transiciones: yo estudiaba Ingeniería Química en la Universidad Simón Bolívar y después me fui a estudiar Psicología en la Universidad Central de Venezuela que era lo que se parecía más a mí, pero eso tampoco era.

— ¿Cómo apareció la actuación?

— La actuación tampoco fue algo necesariamente buscado. El hecho puntual que me llevó a eso apareció un día cuando abrieron unas audiciones para un musical: Jesucristo Superestrella. Desde el punto de vista vocal, no tenía nada que ver con lo que yo estaba estudiando (lírico), es un musical para cantantes de rock y pop. Desde que era chamo, yo lo adoraba, adoraba la música del musical y me atreví. Ya venía con unas cosas en las que me había atrevido mientras estudiaba canto: danza contemporánea y también algo de ballet. Entonces, eso me desinhibió un poco antes de ir a una audición de esa magnitud ya que te pedían que dominaras más o menos las tres ramas, fundamentalmente el canto. Se abrió esa puerta, la del musical.

“Quedé en lo que llaman el ensamble, el cual es una masa coral grande que está en todas las escenas. Por supuesto, en mis intenciones normales de cualquier artista que tiene un poco de ego, yo quería ser solista. Sin embargo, en el trascurso de los ensayos del musical, surgió algo particular. Me sabía todo lo que tenía que saberme, habían transcurrido dos meses de ensayo, pero yo sabía que había un personaje solista que nunca había visto, al actor. Eso me llamó la atención y unos compañeros me dijeron que ese solista no lo han conseguido porque no han encontrado una voz que se adecúe o tal persona no puede por el horario, por el dinero, lo que sea. Ahí se me prendió el bombillo y me aprendí ese rol en dos días, toda la parte musical.

“En uno de los ensayos, el director iba a pasar una escena donde estaba ese solista y le dije para marcarla porque me la sabía un poquito. Dijo que lo ayudara en la escena. La marqué bien, el director me dio las gracias y al día siguiente se me acercó junto con el productor y me dijeron que el papel era mío, que ya no sería parte del ensamble. Sería solista.

— ¿Cuál ha sido el personaje más difícil que has hecho y por qué?

— He tenido la suerte de que me han tocado personajes difíciles. Me han llegado personajes inclusive yo diría que por encima de mi preparación en ese momento. Yo lo llamo suerte porque para mí así lo fue. En teatro he hecho dos personajes dificilísimos: uno es el de la obra de Isaac Chocrón, El acompañante, que son dos personajes nada más, una actriz y un actor. Terriblemente difícil ya que es una persona que está en escena todo el tiempo. Un texto de 70 páginas y uno de los grandes roles de ese dramaturgo venezolano. Me tocó hacerlo nada más y nada menos que con una de las actrices más icónicas del teatro venezolano, María Teresa Haiek, una señora que inclusive estrenó obras de Isaac Chocrón.

“Posteriormente, me llegó la señora Aura Rivas, otro monstruo de actriz del teatro venezolano. Ella estaba haciendo una obra muy famosa del dramaturgo venezolano Elio Palencia que se llama Arráncame la vida, la cual estrenó hace como veinte años dirigida por Román Chalbaud. El mismo dramaturgo hizo como una revisión de su obra y la convirtió en otra que se llama ¡Mátame, mamá! Ella comenzó a hacer esa obra. Un día me agarró y me dijo que necesitaba que me montara en el personaje en dos semanas. Me monté. Prácticamente lo hemos hecho por tres años seguidos. Ha sido uno de los gustos más grandes que me he dado en la vida: hacer ese personaje con esa señora. Y del teatro musical, el mismo Jesucristo Superestrella porque me estrenaba vocalmente en algo totalmente distinto a lo que estaba acostumbrado y fue un gran rato. A nivel de personaje de teatro musical, sin duda Mackie Navaja de La ópera de los tres centavos. Más completo, más difícil.

— ¿Y el más divertido?

— Estaba haciendo un personaje de una obra de Molière que se llama Las mujeres sabias. Todos los personajes femeninos los hicimos hombres. Me tocó el papel de una tía y es una de las cosas que más me he disfrutado en mi vida. Además, el personaje, a pesar de que es una comedia, es muy complejo.

— ¿Cómo te sientes cuando las luces se apagan, pasan unos segundos de silencio y el público aplaude?

— Una sensación muy grata, siempre es grata. En esos segundos previos a ver cómo reacciona el público es mentira que uno no está esperando eso. Por supuesto que lo espera.

— ¿Y cómo te sientes antes de una función?

— Yo soy muy relajado, he aprendido a controlarme mucho. También tengo ansiedad de salir. Es muy raro que esté nervioso antes de una presentación. Tengo bastante control en eso.

— ¿Cuál es tu instrumento favorito?

— Siempre me ha gustado mucho el piano. Me parece maravilloso cada vez que lo escucho, como instrumento solista inclusive.

— ¿Cómo dirías que el arte te ha ayudado como persona?

— Ha habido distintas etapas en las que siento que me ha podido ayudar. Me ha enseñado a conocerme un poquito más, a abrir mi personalidad y a que la gente conozca más de mi personalidad, lo cual me ha hecho una persona más sensible hasta conmigo mismo. Entenderme más. Me ha hecho también entender a las demás personas. Creo que básicamente es eso. Nunca he pensado en el arte como una cosa que va a cambiar el mundo, creo que son palabras demasiado grandes. Pero mientras lo cambie un poquito a uno, yo creo que ya es bastante.

— ¿Qué opinas sobre el amor como base de la creación artística?

— Creo que puede ser un motivador, un catalizador de la creación sin duda alguna. Sin embargo, por experiencia te puedo decir que a veces sin amor se puede crear arte también.

— ¿Qué es el amor para ti?

— El amor es una sensación agradable, eso es todo.

— En tres palabras, ¿qué es el arte para ti?

— Esa pregunta yo mismo me la hacía en estos días. “Un gran disfrute”.

Anuncios